La niña no se equivocaba. El tiempo no era una ilusión en su vida, cometió errores tras errores, vivió de placeres, se alimentó del morbo, no confió nunca en nadie. Pero el escritor tenía su alma, estaba a salvo.
domingo, 20 de diciembre de 2015
Confianza distorsionada.
Era una niña, pero aún así era consciente, mucho más de lo que esperaba ser de adulta. Era inocente, pero sabía, presentía que jamás encajaría. Sabía que por más correcta que intentara ser en esa etapa, en algún momento de su vida, algún tiempo algo lejano, cometería un error irreparable, arriesgaría todo lo que alguna vez había logrado, lastimaría, y no tendría ningún tipo de remordimientos. Ya de pequeña sabía que nadie podría confiar en ella, ya de niña sabía y lamentaba que no podría confiar ni en sí misma. Lo sabía, porque se hacía promesas que al otro día rompería, lo sabía, porque el tiempo le quitaba importancia a lo que alguna vez consideró preciado e inquebrantable. Por eso, compró un seguro, no esperó un segundo más, era una simple criatura, responsable de cargas inimaginables que sólo ella podría manejar. Tan frágil, tan asustada pero con fuerzas de valentía, sabía que tenía que hacerlo, en ese momento. Vendió su alma, al escritor. O se la devolvió, o quizás nunca la aceptó. Le hizo prometer que jamás se la daría a nadie más que a él. Le pidió que la cuidara, porque la confianza y seguridad que tenía en ese momento no le iba a durar mucho más, tenía que rogarle que se la quedara. 'Toma mi alma, escritor, sé que en un futuro puedo regalarséla a cualquier tentanción, a cambio de minutos de placer que pueden terminar en tragedia. Tómala y cuídala, hazlo por mi antes de que sea demasiado tarde'.
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