Tenía terror, una epidemia desató locura en nuestras vidas, pobres criaturas. Algo nunca antes descubierto, algo conocido y desconocido a la vez. Todos sabíamos que algún día pasaría, nadie imaginó siquiera la gravedad de los hechos. El miedo los unió a todos, menos a mi. El infectado, a quien yo temía, era creído el ser mas horrendo de Marte. Una desgracia, un error, un defecto del escritor, algo que causaba en muchos el desprecio hacia su creador. No podían creer que el adefesio invisible pudiese haber sido creado por las mismas manos que los creó a ellos, modestos farsantes.
Pronto mi miedo se ocultaba, la intriga y el suspenso -poderosas en mi persona- lo inundaron como olas imprevistas .Lo derrotaron.
Hacia el lado oscuro del planeta, por donde nadie había pisado siquiera, me encaminé, dispuesta a acercarme hacia el infectado. Sabía que estaba expuesta a contagiarme. Pero simplemente ignoré mis pensamientos, mis sentidos se agudizaron y emprendí el viaje.
El camino era interminable, no pude hacerlo, no pude llegar a destino, mi cuerpo pedía un descanso, mi mente no quería dárselo. Caí inconscientemente, intenté superarme a mí misma pero no lo conseguí.
Desperté con los ojos cerrados, durante un minuto no comprendía nada, no recordaba nada. De pronto las imágenes relampaguearon dentro de mis párpados.
Me encontraba en una cueva, era el atardecer, el más cálido que tuve en mi vida... todos mis sentidos gozaron el placer que me daba ese atardecer. Simplemente verlo me hacía olvidar de todo. Pero no, tenía que regresar a mis objetivos. Empezando por averiguar mi paradero y cómo había llegado hasta ahí.
Intenté levantarme, caí. No quise pensar, decidí descansar un poco más.
A la mañana siguiente llovía, me despertó la humedad de la tierra. Un sujeto, escondido se acercó asustado y a la distancia me hizo preguntas. Preguntas que no le iba a responder a un desconocido.
El extraño se acercó y lo vi todo. Era el ser más hermoso que el creador pudiera haber hecho para bendecirnos con su presencia. Sus ojos brillaban. Dudaba si estaba llorando, o si era la lluvia.
Se acercó más y vi su cuello. Su cuello infectado.
Ya nada me importaba, me hipnotizaba su mirada. Se recostó a mi lado y observamos el llanto emotivo del escritor.
Nos miramos cuatro veces por minutos, pero no nos dirigimos palabra alguna.